viernes, 4 de diciembre de 2009

Que no nos encarcelen


Dije que no puede ser, por guillotinar el derecho a la privacidad. Que el Estado de Derecho no puede de ningún modo convertirse en un voyeur omnipresente, que todo lo ve y todo lo escucha. Que no puede infiltrarse en nuestro disco duro en busca de carroña ni espiar nuestras conversaciones telefónicas con la boca cerrada. Pues no puede robar la intimidad a los ciudadanos a la mínima ocasión, en aras de la seguridad.

Lo reafirmo. No puede ser que así sea. Y ahora añado que además no creo que suceda. No creo que el siglo XXI se convierta en una cárcel de cristal en la que cada uno de nosotros sea sin saberlo un reo que anda por ahí suelto con libertad vigilada y bajo fianza, la fianza de nuestra intimidad. No, no creo que eso ocurra, pues no en vano se luchó, años atrás y con tanto esfuerzo, para conseguir los derechos de los que ahora disponemos. Dudo que el mundo entero acatase, sin inmutarse, vivir día tras día en un Gran Hermano Policial a escala planetaria. Nos rebelaríamos en la defensa de ese derecho que nuestra Constitución recoge y reivindicaríamos que, de nuevo, nadie fuese “objeto de injerencias arbitrarias en su vida privada”.

No. No creo que el mundo se convierta en un gran queso gruyer perforado con cientos de agujeros por los que espiar al prójimo cuando a uno le apetezca, pues no es compatible esa persecución extrema con la democracia. Pero lo intentarán, un micro aquí y otro allá…

Habrá que luchar para evitarlo. Y si al final nos consiguen encarcelar en una gran caja de cristal habrá que zarandearla hasta que se rompa a pedazos o cambiar cada una de sus cuatro paredes… por vidrios tintados.

Blanca Mendiguren

martes, 1 de diciembre de 2009

Entre Pippi Langstrump y Lara Croft... Lisbeth Salander


La ultramoderna Pippi Calzaslargas es rara, nunca da explicaciones sobre sí misma, su estética es una mezcla entre punk y gótica. Es tan pequeña y baja que parece una anoréxica de quince años. Tiene toda la cara perforada con piercings y otros repartidos por el cuerpo que combinan con los tatuajes.


Es una fumadora empedernida y con tendencias bisexuales que posee una inteligencia extraordinaria y memoria fotográfica. Lisbeth Salander ha sido descrita como antisocial, violenta, que ha sido prostituta, practica el sadomasoquismo y padece trastornos mentales de envergadura. Posee una fría comprensión y aceptación de la realidad; porque siempre toca de pies en el suelo; porque cree que sobrevivir implica mantener unos valores morales intocables. Durante su adolescencia y juventud tuvo problemas emocionales. Fruto de esos traumas de juventud, Salander siente también un odio patológico hacia los hombres que maltratan a las mujeres y no duda en utilizar contra ellos la violencia más extrema.


Todo un repertorio de cualidades que nos hacen preguntar qué tiene Lisbeth Salander para enganchar tanto y ser el ídolo de masas de millones de lectores. Salander es la nueva heroína (en los dos sentidos de la palabra) y una auténtica bomba. Stieg Larsson ha sabido crear el personaje perfecto para que la gente se sienta identificada, en muchas de las situaciones que vive Lisbeth, con este personaje tan peculiar y fuera de lo común en la literatura europea.

Sandra Fontanet

lunes, 30 de noviembre de 2009

Seguridad... aterradora

Si no es la gripe A, son los violadores, los ladrones o los asesinos en serie. Siempre, siempre hay algo o alguien acechando dispuesto a hacernos daño. Por suerte para nosotros, también parece haber el mismo interés, por parte del Estado, por protegernos de todas estas y otras amenazas. La cárcel, vacunas, cámaras de seguridad e incluso indemnizaciones millonarias, en el caso de llegar demasiado tarde. Todo parece estar planificado a la perfección, cubriendo todos los flancos posibles. Aunque en la realidad, no todo es tan perfecto.

Todo es susceptible de ser mejorado. Podríamos contar con unas fuerzas del orden que impusieran más orden y que se ocuparan de lo que realmente preocupa a la población, podríamos tener unos políticos que defendieran lo que le importa de verdad a los ciudadanos, podríamos, entre todos, construir un mundo mejor. Stieg Larsson, en su trilogía Millenium, propone cambiar la sociedad sueca mediante una intromisión del Estado en la esfera privada de las personas. El Estado protegería al ciudadano de todo aquello que pudiera dañarlo, incluso de sí mismo: de los políticos corruptos, de los funcionarios perversos o de los servicios públicos que no cumplen con su cometido. ¿El precio a pagar? Una exposición de la intimidad a la que no todos estarían dispuestos.

El caso sueco puede aplicarse a cualquier país. Al fin y al cabo, en todas partes hay polvo que barrer. Sin embargo, ¿es la que propone Larsson la forma más eficaz de proceder? ¿La intimidad del ciudadano ha de sacrificarse hasta el extremo para garantizar su propia seguridad? ¿Y en qué manos dejaremos toda esa información? Si el Estado es corrupto, no es el mejor candidato. Y, en cuanto a las instituciones privadas, seguramente deberían hacer frente a chantajes, sobornos o incluso amenazas de partes interesadas en hacerse con datos tan valiosos. Por supuesto, la seguridad de las personas debería ser un asunto primordial en el Estado, pero no creo que deba conseguirse a toda costa, utilizando cualquier medio posible, vulnerando incluso los derechos de los propios ciudadanos. Una seguridad así resultaría aterradora.

domingo, 29 de noviembre de 2009

Hacia una intimidad... ¿pública?

Nos vigilan. A todas horas. En la calle, en el metro, en el banco, en la biblioteca o en la perfumería. Decenas de cámaras quietas y silenciosas graban cada uno de nuestros movimientos sin que nos demos ni cuenta. Se quedan con nuestro cuerpo convertido en imagen. Es necesario, nuestra seguridad depende de ello. Así se evitan atracos, violaciones y robos. Digamos que uno se lo piensa dos veces antes de delinquir.

Aunque, por suerte, nuestra voz sigue siendo sólo nuestra. Pero… ¿y si algún día deja de serlo? ¿Y si llega el día en el que la policía pueda grabar nuestras conversaciones telefónicas cuando lo considere oportuno en pro de la seguridad y sin necesidad de orden judicial? ¿Y si además pudiera entrar en el corazón de nuestros ordenadores para hurgar entre las montañas de carpetas? Nos volveríamos paranoicos, maníaco-obsesivos. Pensaríamos que ahora, en este mismo momento, alguien podría estar enterándose de nuestros más ocultos secretos. No nos atreveríamos a hablar por teléfono de nada interesante y desearíamos que cada e-mail enviado se autodestruyera cinco segundos después de haber sido leído.

No. El Estado de Derecho no puede adentrarse a espadazos en la intimidad de sus ciudadanos. No puede disfrazarse de Lisbeth Salander e infiltrarse en la privacidad de cualquiera motivado por una simple sospecha. De ser así, el ejército de la corrupción hincharía sus filas con nuevos reclutas, pues el chantaje se convertiría en un hábito. La práctica del “sé tal cosa sobre ti, dame tanto y callo” sería el nuevo hobby, que en lugar de protección traería consigo más inseguridad y desconfianza.

El Estado ha de luchar con todas sus energías para dar caza a la delincuencia y al terrorismo, pero no a cualquier precio. El fin, NO justifica los medios. Para salvar nuestras vidas no hay que pasar por la guillotina nuestros derechos y libertades.

Blanca Mendiguren

sábado, 28 de noviembre de 2009

Lisbeth Salander

Independiente. Violenta. Víctima. Inexpresiva. Heroína. Bisexual. Libre. Personaje de cómico. Oscura. Masculina. Asocial. Superviviente. Idealista. Andrógena. Leal. Ética. Perturbada. Sensible. Traumatizada. Luchadora. Sacrificada. Mordaz. Rencorosa. Analista. Inteligente. Inflexible. Rara. Prudente. Íntegra. Autodidacta. Reservada. Hija del caos. Moral. Justiciera. Auténtica. Superdotada. Nada empática. Ciega emocional. Inadaptada. Indiferente. Individualista. Inmoral. Maltratada. Atractiva. Entrañable. Acorazada. Extraña. Misteriosa. Justiciera. Superviviente. Activista. Comprometida. Resiliente. Eficaz. Cerrada. Introvertida. Huidiza. Transgresora. Rara. Punki. Menuda. Inflexible. Incomprendida. Racional. Temida. Salvaje. Brillante. Solitaria. Ávida. Rebelde. Raquítica. Ingeniosa. Feminista. Fuerte. Rápida. Desconfiada.

Lisbeth Salander es lo que en inglés se define como un “meeting pot”. Una mezcla tan variada, completa y perfecta que resulta casi imposible distinguir sus ingredientes.
Se ha dicho que a Lisbeth Salander se la ama o se la odia. Quizá. Pero creo que, para decidir, primero deberíamos entenderla.

Laia Framis

martes, 17 de noviembre de 2009

El maravilloso espectáculo del fútbol

Siempre lo mismo. Al día siguiente de un partido de fútbol (normalmente) aparece una noticia en televisión explicando alguna clase de altercado violento entre los hinchas. Todas las aficiones de este país, e incluso me atrevería a decir del mundo, tienen una forma extraña de celebrar el triunfo de sus equipos. Sus celebraciones más habituales son palizas, insultos, navajazos y así, hasta un repertorio completo de actos violentos.

Lo más triste es que siempre acaba pagándolo algún “desgraciado” que ha ido a disfrutar de una tarde de fútbol y termina la jornada en la camilla de algún hospital. No creo que sea justo tampoco culpar al equipo en sí ni a sus seguidores, ya que creo que aquellos que se refugian en el fútbol ( normalmente es el deporte donde más veces se suelen dar los casos), ni siquiera les gusta el fútbol e incluso creo que no serían capaces de recordar más de cinco nombres de los jugadores de su equipo. Estas son personas que se refugian en el interior de la celebración de las masas para poder convertirse en el Mister Hyde que en su vida diaria no saca. Y es que no entiendo como estos acontecimientos suelen ocurrir casi siempre en encuentros futbolísticos, es más, el 95% de los partidos se ha saldado con algún tipo de incidentes.

De todas formas es conveniente que el problema no es del deporte en sí, ni en las personas que les gusta y acuden a sus espectáculos, ya que esto es una forma de ocio y de entretenimiento. El problema está en aquellos que utilizan los espectáculos deportivos para poder esconderse entre las masas de gente y desde allí atacar violentamente contra cualquiera, solo por el deseo de practicar la violencia pura.

Sandra Fontanet

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Salander, marca registrada

Salander es la anti-efectiva, quiere poco y se deja querer menos. No es que no tenga corazón (porqué de tenerlo lo tiene, esto está seguro), sino que más bien no sabe utilizarlo y es por eso que teme acercarse a los que le prestan atención. Pertenece a ese grupo de personas a las que la vida les ha tratado peor que mal y, por consecuencia, no ha levantado cabeza por mucho que se muestre salvaje, feroz, fuerte y valiente. La pequeña hacker no teme a los mafiosos, a los ladrones ni a la soledad, pero sin embargo teme a los sentimientos y se horroriza ante la idea de sentirse apreciada o, lo que es peor, apreciar. Salander es un trozo de hielo que arde por dentro, un golpe de piedra, lo que nadie nunca quisiera ser.

Lisbeth es el odio y el resentimiento personificado hacia todos aquellos que abusan, infravaloran y condenan a las mujeres. Lapida con la mirada a todos los que cree sospechosos de tirar la piedra y esconder la mano, les descubre y les hace sufrir sus respectivos actos multiplicándolos por mil. Y es que ningún lector creo que quisiera ser su enemigo o pasar por alguno de sus castigos después de ver como acabó la barriga de Bjurman.

Aún así lo que me transmite la misteriosa Salander es algo ambiguo, contradictorio. Por una parte me da pena y siento lástima por ella, pero por otro lado la admiro: vive la vida a su manera.


Laura Casals